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Ya nos habían derrotado

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Nos derrotaron desde antes de que nos percatáramos de nuestra derrota. Nos derrotaron desde antes de la aprobación de la reforma tributaria. Nos derrotaron desde cuando los medios, de manera casi imperceptible aconductaron y encausaron por donde quisieron el derecho a la legítima protesta.

Estábamos derrotados desde cuándo nos dijeron, al mejor estilo de la Urbanidad de Carreño, que nos era permitido y que no nos era lícito hacer. Desde que nos inculcaron que era más reprochable un grafiti, un vidrio partido o una fachada destruida, es decir, lo reparable, que una vida, una posibilidad de volver a caminar o un ojo destruidos por el ESMAD, es decir, lo irreparable.

Nos derrotaron desde que nos vendieron cosas inexistentes como la humanidad de la policía o de los miembros del ESMAD, que si no tienen reparo alguno en dudar de nuestra humanidad cuando salen dispuestos, en acatamiento de órdenes o por sádico placer, a destruirnos. Nos derrotaron desde que nos convencieron que el garrote se enfrenta con amabilidad, sonrisas y flores o que a la irracionalidad entiende de razones.

Nos empezaron a derrotar desde que nos sembraron la desesperanza y el miedo. Desde que hicieron parte de nuestro ADN el «hagan lo que hagan nada va a cambiar» o desde que nos convencieron y nos infundieron un miedo injustificado sobre la posibilidad de convocar al pueblo a decidir directamente su futuro en una Asamblea Nacional Constituyente.

Nos derrotaron desde que nos pusieron a repetir frases estériles como «resistencia» o «sin violencia». Nos derrotaron en nuestras propias cabezas y no en la calle. Nos derrotaron en nuestra incapacidad para apagarlos y no oírlos, verlos, leerlos y reproducir su mensaje domesticador. Nos derrotaron desde que estuvimos a la defensiva y no a la ofensiva. Nos domesticaron y desde entonces ya estábamos derrotados.

Colombia: una cruenta y cada vez menos disfrazada Dictadura

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Diez (10) millones de colombianos, si es que en realidad existieron, o los que pensaron que daba lo mismo votar por Petro que por Duque o los que decidieron no tomar partido y votar en blanco o irse a ver ballenas mientras el monstruo del autoritarismo regresaba, o quizás la Registraduría y un sistema electoral hecho para convalidar el fraude, son los directos responsables del regreso del uribismo al poder y de la transición de Colombia de una democracia imperfecta a una dictadura o a un régimen absolutista de corte feudal.

En la «democracia más estable de América» no fue necesario el acceso de los militares al poder, a través de un golpe, para que el autoritarismo y la arbitrariedad se instauraran. La Constitución ha sido proscrita de hecho – que no en derecho- y ahora rige en su lugar los apartes de la ley 1801 del 2016 que interpretativa y discrecionalmente los miembros de la policía del gobierno siente que le resultan útiles para imponerse y realizarse haciendo lo que mejor saben y les satisface hacer: golpear.

En esa sustitución, o mejor destitución, de las vías de derecho por las vías de hecho, las detenciones proceden sin delito y sin orden emitida desde el poder judicial. Un nuevo «poder público» ha emergido, el poder policial que sostiene al débil e impopular poder ejecutivo, que a su vez controla al poder legislativo y amedrenta al poder judicial. Los asiste en su perversión el poder mediático que calla, oculta o tergiversa la verdad para beneplácito de sus dueños, que son a su vez quienes tras bambalinas mueven los hilos de todas las restantes marionetas, en el país que insiste en creer ingenuamente que posee un solo títere.

El derecho a la vida es mirado con desprecio, mientras se justifica la muerte de todo lo considerado oposición. La igualdad es subversiva. Desde la posición de los privilegiados discriminadores se mira con desprecio el término fraternidad. La intimidad cede paso a las chuzadas de líneas y a la incautación y revisión de celulares. El libre desarrollo de la personalidad se considera inmoral. La esclavitud y la servidumbre intentan restaurarse a través de «reformas laborales». Se volvió imposible no ser molestado por tener convicciones o creencias diferentes a las del gobierno y la libertad de cultos solo es válida para las sectas afines y defensoras de las hogueras y de lo que Álvaro Gómez llamaba el régimen.

Pero no sólo eso, expresar y difundir el pensamiento y las opiniones e informar y recibir información también son considerados graves crímenes en el uribato. En la Colombia de Uribe y Duque, la libertad puede ser restringida sin orden judicial y circular libremente, reunirse y manifestarse pacíficamente, asociarse y ejercer control del poder político está prohibido y puede castigarse con el uso desmedido y desproporcionado de la fuerza por parte de un grupo como el ESMAD que tiene (al igual que el agente 007 de las películas) derecho para maltratar y matar ciudadanos impunemente.

Los postulados de libertad, igualdad y fraternidad de la Revolución Francesa, que son los de la Ilustración, el liberalismo y la burguesía al igual que los derechos consagrados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 han sido llevados a la hoguera como Colombia ha vuelto a ser llevada a una especie de neo medioevo donde el autoritarismo, la fe, el dogma y las ejecuciones están al orden del día como mecanismo de contención frente a la herejía de quienes levantan su voz.

La Constitución de 1991 ha sido derogada y solo estamos a la espera de que se prohíba su porte y se ordene llevarla a las plazas públicas para que la policía vierta sobre ellas gasolina y las incinere con propósitos purificadores y de extinción de todo signo de subversión en el país donde reclamar democracia se volvió subversivo.