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Del «centro» de Pablo Escobar al Extremo Centro de Duque y el uribismo

Quien funge (quizás sería más correcto utilizar finge) como presidente de Colombia acaba de «ubicarse» en el espectro político como de «extremo centro», expresión que más allá de las críticas y mofas que surgieron como reacción en redes sociales, esconde una gran verdad: Duque verdaderamente representa a un, a pesar de que suene paradójico, extremo centro. Expliquemos por qué. Seguir leyendo Del «centro» de Pablo Escobar al Extremo Centro de Duque y el uribismo

Gobierno colombiano si se está prestando para agresión a Venezuela

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Hay que primeramente hacer la diferenciación. No son lo mismo los pueblos que sus gobernantes. La forma de actuar y el papel de la élite que dirige a Colombia, igual que en el mapa, es la propia del vecino siniestro de Venezuela, y no de ahora. El propio Simón Bolívar, en carne propia, luego de libertárnos vivenció la hipocresía, el desprecio e incluso las conspiraciones para asesinarlo de quienes una vez expulsados los españoles asumieron su rol y heredaron sus privilegios.

No en vano nuestro país es catalogado como el Caín de América. El que entre sus similares y el poder imperial del norte opta servilmente por este último traicionando hasta a quienes comparten sus propias raíces. Jorge Eliecer Gaitán lo ilustró perfectamente en su frase: «el gobierno colombiano tiene la metralla homicida para el pueblo y la rodilla puesta en tierra ante el oro americano».

Por ello no resulta extraño, que dentro de su característica hipocresía salieran ya a desmentir que en Cúcuta y La Guajira existiera presencia de soldados norteamericanos con propósitos de agresión hacia Venezuela, al mismo tiempo que el Ministro de la Defensa y anterior canciller, Carlos Holmes Trujillo, declarara sin ruborizarse en Mañanas Blu que no descarta que Colombia participe de manera activa en las acciones militares que Estados Unidos emprenda contra Venezuela acotando que «todo lo que implique fortalecer la lucha contra el narcotráfico tiene que ser aplaudido».

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En otras palabras y en los tumbos que han caracterizado al actual gobierno, la política exterior de Colombia puede sintetizarse en un Si pero No y en un No pero Si que demarca no solo una gran ambigüedad sino la determinación del actual ejecutivo de pasar (de ser necesario) por encima del Senado y del Consejo de Estado para permitir el tránsito de tropas extranjeras y declarar la guerra, lo que configura de hecho derogar por lo menos el artículo 173 Constitucional  (numerales 4 y 5) y la reiteración de que tampoco el artículo 9 Superior que ordena respetar la soberanía, la autodeteminación de los pueblos y el reconocimiento de los principios del derecho internacional ya no rigen pues fueron proscritos desde el 7 de agosto de 2018.

Quién lo creyera, Colombia considerada «la nación productora de cocaína más grande del mundo»(https://cutt.ly/PtDxSw9) en un informe de The Washington Office on Latín América (Oficina de Washington para América Latina o WOLA por sus siglas en inglés) no solo se cree con la «autoridad moral» para tener ingerencia en los asuntos internos de uno de sus países vecinos, sino para conspirar contra gobiernos surgidos de la voluntad popular de sus habitantes y violentar los más esenciales principios democráticos sobre soberanía y origen del poder público.

Paradójicamente a la cabeza de tales actuaciones se encuentra Carlos Holmes Trujillo, hijo del político vallecaucano a quién Pablo Escobar Gaviria destacara públicamente por su cercanía y colaboración política con el capo, e Iván Duque, el presidente que tuvo como invitado a su posesión en primera fila al narcotraficante ‘Ñeñe’ Hernández (de quién si no rechazó ayuda en la campaña que lo llevaría a la presidencia) y seriamente cuestionado por su mutismo frente a los 3 laboratorios de cocaína encontrados en la finca de su embajador en Uruguay, Fernando Sanclemente, mismo personaje que fuera Director de Aerocivil en el gobierno del mentor del presidente, Álvaro Uribe Vélez, cuando presuntamente desde el propio Aeropuerto Internacional El Dorado se despachaba cocaína del ‘Chapo’ Guzmán hacia Estados Unidos

Así desde la cuestionada  oficina de comunicaciones de la presidencia y por parte del propio Brigadier General Marcos Pinto, Comandante de la Segunda División del Ejército  se salga apresuradamente a desmentir la presencia de soldados norteamericanos en ejercicios de provocación en territorio fronterizo y se disfrace a las mismas de operaciones rutinarias de entrenamiento antinarcóticos, lo cierto es que tales operaciones deberían darse hacia la franja occidental de nuestro territorio y hacia el Caribe occidental pues es por dichas zonas y desde el propio centro del país y no desde Cúcuta que se despachan los mayores volúmenes de cocaína hacia Estados Unidos.

De manera directa o indirecta (como distracción estratégica) Colombia podría peligrosamente verse  involucrado en un conflicto bélico sobre el que el propio WOLA advierte en uno de sus informes:

«Los funcionarios estadounidenses y los miembros del Congreso deberían abstenerse de amenazar con una «opción militar» o presionar por un eventual colapso del gobierno de Maduro bajo sanciones económicas cada vez más severas. Ambas estrategias impondrían profundas dificultades al pueblo venezolano y serían perjudiciales para los vecinos de Venezuela y para los intereses estadounidenses…  un escenario de «colapso» sería caótico e impredecible, y cualquier ocupación militar extranjera enfrentaría resistencia prolongada…» (https://cutt.ly/AtDxMlt)

Lo cierto es, que ya sobre las declaraciones de Holmes Trujillo, un grupo importante de parlamentarios, de personalidades, académicos y organizaciones sociales exigieron una explicación pública al presidente Iván Duque

¿Armas para civiles o armas para militares? El límite entre las vías del derecho y las de hecho

De la época de Pablo Escobar Gaviria quedó una impronta para el país que no ha podido superarse: La de la mentalidad traqueta, esa en cuya lógica no existe manera diferente de resolver problemas que a través de la utilización de las armas en función de suprimir o aniquilar al que piensa diferente o se opone a los «negocios».

En Colombia el proyecto político que mejor encarna esa suerte de mentalidad o lógica primaria es el uribismo que, curiosamente, surge en el mismo espacio geográfico del cartel de Medellín. Su máximo exponente, el ex presidente y hoy senador Álvaro Uribe Vélez es tristemente recordado por el episodio donde colérico y en su condición de jefe de Estado usó la frase que simboliza mejor esta manera irracional de resolución de conflictos: «si lo veo le voy a dar en la cara marica».

Por eso quizás, alrededor del Centro Democrático se agrupan por identidad o afinidad todos quienes ven como única vía válida de relacionarse con quienes piensan diferente la violencia. En redes sociales pululan los trinos de partidarios de ese sector «político» profiriendo amenazas e incluso videos que registran a sus militantes pasando de las palabras a los hechos de agresión.

Uribe y el uribismo, esa suerte de cohesionada secta política con peligrosos tintes de fanatismo religioso, siempre que estén frente a la posibilidad de escoger entre la «fuerza de la razón» y la «razón de la fuerza bruta», optarán por la segunda opción y desecharán la primera. Por eso no es de extrañar que su ejercicio político gire en torno siempre a atizar los ánimos, los conflictos, la guerra, el uso de armas y de violencia y la justicia por propia mano.

Por ello, su reacción ilógica frente al desarme de las FARC -como uno de los mayores factores de violencia y muerte en el país- fue su oposición irracional y la natural incomodidad que los motiva a emprender todos los esfuerzos necesarios para retrotraernos a la barbarie o por llevarnos a nuevas guerras (internas o externas), porque la muerte, más allá de ser uno de sus más rentables negocios, pareciera ser lo único que los estimula y los hace sentir vivos. Necropolítica como máxima expresión de disociación psicótica y de transtorno psiquiátrico sin dudas.

En todo este torbellino de demencia no es de extrañar entonces que a los uribistas les genere fastidio la existencia de normas que prohíban la tenencia, porte y uso de armas en un país tan intolerante que, incluso, en cada celebración o festividad el saldo de las autoridades es de muchísimas personas muertas o lesionadas con armas de fuego como producto de riñas callejeras.

Respecto a las armas, causa hilaridad que poco después de que Uribe (actuando como verdadero jefe de gobierno y de Estado) anunciara en twitter un parágrafo que burla en la práctica la prohibición de esos instrumentos de muerte, el presidente formal de los colombianos anunciara la firma del Decreto 2362 de 2018 que a discrecionalidad del Ministro de Defensa puede otorgar autorizaciones especiales para el uso de armas, casi que con seguridad a «personalidades» afines al uribismo.

Con ello, aunque se hable de «monopolio de las armas» para el Estado y sus agentes, se renuncia de nuevo al mismo y se hace un reconocimiento de que el Estado y las autoridades, instituidas para salvaguardar la vida y bienes de todos los ciudadanos, son incapaces de hacerlo y que (como en el viejo oeste norteamericano) cada quien debe su propia seguridad en la lógica perversa de que sobreviva el que desenfunde primero el arma.

Vamos de retroceso en retroceso renunciando a la civilización y reencaminándonos hacia la barbarie por cuenta del uribismo. En momentos así es inevitable recordar el genio de Jaime Garzón, asesinado precisamente por los intolerantes en el poder, cuando en un mordáz juego de palabras decía de Uribe que no sabía si la «guerra era para civiles o para militares»