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¿Por qué Duque rechaza donación de Maduro en crisis del coronavirus?

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Cómo era de esperarse, el gobierno colombiano en un acto de soberbia y orgullo superlativo evadió y de paso truncó la ayuda que humanitariamente había ofrecido en el día de ayer el presidente legítimo de Venezuela, Nicolás Maduro Moros, en el sentido de donarle al pueblo colombiano dos de las varias máquinas para la detección de coronaviris que China está por enviar a la nación bolivariana.

Una posible respuesta a por qué Duque se da el lujo de rechazar ayuda, es que en realidad al gobierno colombiano, en una actitud suicida, no le interesa ni practicar pruebas masivamente ni procesar los resultados de las mismas y mucho menos informarlos. En Colombia, al parecer, antes que enfrentar una realidad como la de la pandemia que puede dejar un saldo en vidas por lamentar, se ha preferido optar por el «daño» de una única máquina de detección para de esta manera bajar artificiosamente el número real de infectados y la curva que está describe,

En una situación típica del realismo mágico de García Márquez, pareciera que Iván Duque, asesorado por Ernesto Macías, se hubiese inclinado por aplicar, en lugar de medidas sanitarias serías, la «jugadita» del daño de la máquina del Instituto Nacional de Salud INS de la que se dijo inicialmente que «no tenía arreglo» y «no había forma de adquirir los respuestos» y que luego, mágicamente, y de un día para otro empezó de nuevo a funcionar como si nada.

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Peligrosamente el gobierno, pareciera estar en la difícil coyuntura más preocupado por la incidencia del impacto del virus en la caída a cero (0) de la ya maltrecha popularidad e imagen del presidente que en el daño que la pandemia puede ocasionar a la sociedad colombiana en su conjunto y sin distingo de clases e ideologías.

Comprometiéndonos, nos atrevemos a decir, que nos parece realmente estúpido, que se esté apostando por parte del presidente de Colombia a una estrategia en la que aleatoriamente unas veces se actúa como el avestruz, esto es, enterrando en un hueco la cabeza y dejando a merced del enemigo el resto del cuerpo, para creer que así nada pasa, mientras que en otras ocasiones se opta por imitar el comportamiento de los gatos, intentando desesperadamente tapar o echarle tierra al mal olor que desprende el manejo mediático de una auténtica crisis de salubridad y los escándalos que se esconden detrás de esta situación fortuita tales como la ñeñepolítitica y la narcofinca del embajador ante Uruguay.

Haciendo sorna, en redes sociales, sobre estas dos últimas situaciones, varios de los criticos del gobierno han acotado que en Colombia pareciera que los narcos tienen más laboratorios dotados de tecnología que las instituciones de salud tanto públicas como privadas. Además que, para acelerar la transmisión de la información de los datos de infectados con coronavirus, debería transferirse esa responsabilidad del Ministerio de Salud a la Registraduría Nacional del Estado Civil, entidad está seriamente cuestionada en su imparcialidad en los procesos eleccionarios que se dan en Colombia y en dónde incluso, sin la transmisión de toda la información, el ente electoral «tempranamente» declara quién fue elegido.

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Hay que decir además, que la respuesta de Colombia en el sentido de que toda ayuda debe tramitarse a través de la Organización Panamericana de la Salud OPS no ha tomado a nadie por sorpresa y era apenas previsible. Hay que recordar, que poco después de que se empezaran a sentir los efectos e incidencia del virus en Colombia, el gobierno venezolano dio instrucciones a su cancillería para, en una especie de tregua entre ambos gobiernos, coordinar acciones bilaterales para la contención del virus. En aquella ocasión el gobierno colombiano ni siquiera respondió.

Quizás una explicación a la no respuesta se encuentre en qué muy en el fondo, tanto el gobierno norteamericano como el colombiano albergaban la esperanza de que el virus impactara más fuerte en Venezuela y su gobierno cayera; propósito este tan mezquino como el de facilitar el territorio de Colombia a mercenarios que fraguaban el asesinato de Nicolás Maduro, sin preveer que la ingobernabilidad, el caos y la expansión del virus que ello originaria en el vecino país, a quien primero afectaría sería a la propia Colombia. Paradójicamente hoy la potencia a la que Colombia sirve incondicionalmente contra Venezuela, es el mayor foco de infección del virus y la ayuda llega no del norte sino del país más inesperado.

Maduro dona dos máquinas para detección de Coronavirus a Colombia

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En un gesto de solidaridad y hermandad, como lo catálogo, el presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, anunció la disposición de su gobierno para donar a Colombia dos de las máquinas que recibirá de China para detección de Coronavirus.

El anuncio se hizo en el desarrollo de la convocatoria que este martes hizo el mandatario venezolano al Consejo de Estado del vecino país como órgano superior de consulta para deliberar sobre el Plan Nacional para enfrentar la Pandemia del Coronavirus.

Maduro dio instrucciones precisas para hacer los contactos con el Ministerio de Salud de Colombia en el propósito de concretar la ayuda que el presidente venezolano catalogó como dirigida al pueblo colombiano.

A diferencia de Colombia que no ha contado con apoyo alguno del gobierno norteamericano, al que le ha tocado sufrir todo el rigor del impacto del coronavirus en su territorio, Venezuela ha contado durante la emergencia sanitaria mundial con el respaldo efectivo y solidario de China, Rusia y Cuba.

Recién iniciada la crisis el gobierno de Venezuela fue el primero en intentar contactos diplomáticos para el manejo conjunto de la amenaza a lo que el gobierno colombiano no respondió, quizás pensando que la crisis afectaría más al país bolivariano que a Colombia lo que a la postre no se dio. Lo más seguro entonces es que Iván Duque desde una posición de orgullo o soberbia no acepte el generoso ofrecimiento de su homólogo venezolano

¿Saqueos? No culpemos a los venezolanos

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Lamentablemente las acciones sociales concretas del gobierno que brindarán confianza y tranquilidad a la población más vulnerable del país no existen o llegan tardíamente: ni garantías plenas de no despido y de no interrupción de salarios, ni orden presidencial de cesación de pagos de arriendos, servicios públicos y créditos y, mucho menos, garantía alguna de provisión de alimentos para quienes carecen de empleo formal y deben, si o si, proveerse sus alimentos en la guerra del día a día.

Entre este último grupo hay millones de colombianos pero también un grupo nada despreciable ni menos importante de venezolanos. A estos últimos ligeramente se les sindica de iniciar saqueos y, aunque sin justificar de ninguna manera el delito, hay que hacer el ejercicio de intentar entenderlos en su desespero. No están aquí porque quieran. Lo están por la crisis de su país. Una crisis que en gran parte es expresión de una conspiración internacional en la que el actual gobierno de Colombia se apuntó del lado de los intereses norteamericanos, que no son los nuestros.

El uribismo, concretamente, se colocó del lado del bloqueo, saboteo y destrucción de la economía del vecino país, con propósitos de derrocar su gobierno y, no solo eso, a través de la penetración de sus medios afines, principalmente de televisión, ayudaron a imponer entre los venezolanos la matriz mediática y/o sensación de naufragio de su país, además de promocionarles o venderles la idea que frente a su personal infierno, Colombia era una especie de destino ideal o de tierra prometida donde fluía leche y miel.

Obviamente les mintieron, con la misma habilidad con que le han mentido a los colombianos hasta llevarlos al punto de votar y elegir al menos adecuado y capacitado de los candidatos presidenciales. Colombia no es un paraíso. Es un estado fallido que no ha sido capaz durante décadas de ni siquiera solucionar a sus connacionales temas vitales como empleo formal bien remunerado, vivienda, servicios médicos de calidad, educación y cobertura universal de servicios públicos con gratuidad, como si los tienen los venezolanos en su país. Los sacaron de su tierra bajo la promesa de que no volverían a sufrir carencias de alimentos y no están dispuestos a volver a sufrir y vivir la peor de sus pesadillas. Los instrumentalizaron para infundir miedo antes de las elecciones presidenciales pero luego los echaron al olvido.

El último censo, llevado a cabo recientemente, debería haber servido para proporcionarle al gobierno información y así tomar decisiones en situaciones de crisis. Para saber quiénes son los colombianos que sobreviven en la precariedad y que si no salen a la calle no comen. Hoy esa información sería clave para atender desde el Estado a quienes de verdad lo necesitan, a los desempleados y a los habitantes de calle, por ejemplo o para, en ausencia y/o reconocimiento de los gobernantes de su falta de interés por los más pobres (solo los banqueros y empresarios parecen interesarles), lograr suplir necesidades desde la solidaridad de la gente y desde la participación de la fuerza pública en tareas de distribución de alimentos.

No obstante, salvo para el sector financiero y empresarial, no hay respuestas a tiempo de parte del gobierno. Ni siquiera hoy hay certezas, por la forma irregular y desordenado del proceso de migración, de cuántos extranjeros sobreviven al igual que los colombianos, con ingresos no superiores a 10 mil pesos diarios, con los que deben suplirse techo y comida de manera infrahumana. Fracasó el gobierno. La crisis lo desnudó en su inhumanidad e indiferencia. Los más pobres no son victimarios, son víctimas de años de corrupción que contribuyó a que se robaran todo, hasta los sueños y esperanzas de la gente. Si alguna culpa les cabe, esta se encuentra en la venta de sus conciencias y de sus votos por menos de $34 pesos diarios durante 1460 días (4 años).